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Memorial de los tiempos felices |
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Por Luis Sepulveda |
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Cada una y cada uno tiene en su memoria un particular álbum de recuerdos felices de aquellos días en que lo dimos todo, y nos parecía que dábamos muy poco, porque teníamos grabados sobre la piel los versos del poeta cubano Fayad Jamis: por esta revolución habrá que darlo todo, habrá que darlo todo, y nunca será suficiente.
Hubo quienes desde el cómodo y cobarde escepticismo disfrutaron de un tiempo muerto al que llamaron juventud.
Nosotros sí que tuvimos juventud, y fue vital, rebelde, inconformista, incandescente, porque ella se forjó en los trabajos voluntarios, en las frías noches de acción y propaganda.
No hubo besos de amor más fogosos que aquellos que se dieron en el fragor de las brigadas muralistas. |
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El que besó a una muchacha de la brigada Ramona Parra o Elmo Catalán, besó el cielo y no hubo sable capaz de quitar ese sabor de los labios.
Otros, desde la atroz cobardía de los que criticaron sin aportar nada, sin quemarse, sin jugarse, sin conocer el magnífico sentimiento de hacer lo justo y en el momento justo, en sus mansiones sin gloria, comiendo con la platería que heredaron de los encomenderos y bebiendo puro sudor de obreros, advertían que estábamos cometiendo excesos. Claro que cometimos errores.
Éramos autodidactas en la gran tarea de transformar la sociedad chilena.
Metimos la pata muchas veces, pero jamás metimos la mano en los bienes del pueblo.
Otros conspiraban, nosotros alfabetizábamos.
Otros se aferraban con furia homicida a sus bienes mal habidos porque la propiedad de la tierra siempre viene del robo, nosotros permitimos que los parias de la tierra mirasen por primera vez a los ojos del patrón y le dijeran: ?grandísimo hijo de puta, me has explotado, y a mis padres y a mis abuelos, pero a mis hijos y a los hijos de mis hijos no los vas a explotar?. Y esas palabras son parte de nuestro legado feliz, de nuestra memoria feliz. |
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Escuchábamos al Quilapayún y a Janis Joplin, cantábamos con Víctor Jara, los Inti Illimani y The Mamas and the Papas.
Bailábamos con Héctor Pavez, Margot Loyola y los cuatro muchachos de Liverpool hicieron suspirar nuestros corazones.
Usamos pantalones pata de elefante y nuestras chicas minifaldas que excitaron a dios y al diablo.
Y tuvimos modales propios porque una sola palabra bastaba para saber qué éramos y qué soñábamos: Hola Compañera, hola Compañero.
Y con eso ya estaba dicho todo.
Angel Parra, Rolando Alarcón, Isabel Parra y los mil cantores populares nos entregaron una nueva dimensión del amor, ese formidable verbo que empezamos a conjugar a nuestra manera. Una sola vez en nuestra historia todos los niños de Chile mamaron medio litro de leche, de leche blanca y justa, de leche necesaria y proletaria, porque la financiaron justamente aquellos que producían la riqueza.
Un día se hizo la gran conferencia de la UNCTAD , y los arquitectos, y los ingenieros, y los capataces opinaron que no era posible alzar el gran edificio que nos mostraría como un pueblo en marcha, pero nuestros albañiles, electricistas, estucadores y maestros de casco o cucurucho salpicado de yeso dijeron que sí era posible y lo hicieron.
Más tarde fue el edificio de la juventud chilena. Hoy, treinta y cuatro años más tarde, algunos de los que no tuvieron el valor de jugarse, de darlo todo, se ufanan de una extraña capacidad premonitoria que les permitió vaticinar el desastre y les aconsejó mantenerse al margen |
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