Memorial de los tiempos felices
 
Miserables, pobres miserables que se perdieron la oportunidad más bella de hacer la historia, pero de hacerla justa.
Esos mismos son ahora paladines de la reconciliación y nos enrostran los ?excesos?.
Pero esos iluminados jamás nos mencionan uno con toda la fuerza de lo particular. ¿Qué provocamos al imperialismo yanqui cuando nacionalizamos el cobre? Olvidan que lo hicimos con tanta suavidad, incluso pagando indemnizaciones, que nos ganamos muchas críticas de izquierda.
Pero lo hicimos así porque no queríamos la confrontación directa con el enemigo de la humanidad.
Supimos responder a las provocaciones con entereza y con violencia cuando fue necesaria, pero nunca provocamos.
Nuestro tiempo era el tiempo de los constructores, prestamos toda la atención a la argamasa que uniría los ladrillos de la gran casa chilena, y ninguna a la conjura porque éramos y somos mujeres y hombres de honor.

La mayor expresión cultural de un pueblo es su organización, y fuimos un pueblo muy culto porque nuestra organización, polifacética, plural, a veces dulcemente anárquica, nos orientaba hacia la vida.
El sueño de Salvador Allende era prologar la expectativa de vida de los chilenos a niveles de país desarrollado. Su reto personal era permitir que cada chileno dispusiera de veinte años más para desarrollar su capacidad creadora, su ingenio, y para que le vejez dejara de ser un espacio de miseria y derrota, y fuera en cambio la Suma de una experiencia, la herencia de un pueblo.

En una entrevista con Roberto Rossellini, el Compañero Presidente le cuenta que sus manos de médico habían realizado mil quinientas autopsias, que sus manos de médico conocían la atroz fuerza de la muerte y la precaria fortaleza de la vida.
Salvador Allende fue el líder más preclaro de América Latina, su meta era la vida, la vida era su consigna, y la vida fue nuestra bandera de lucha.
A treinta y cuatro años del crimen, hay miserables que interpretan el suicidio de Allende como una derrota. No entienden las razones de un hombre leal, que en el fragor del combate entendió que su último sacrificio evitaría a su pueblo la máxima de las humillaciones; ver a su dirigente, a su líder, encadenado y a merced de los tiranos.

Queridas compañeras, queridos Compañeros: no hay honor más grande que el haber sido compañeros de lucha y de sueños de un hombre como Salvador Allende.
No hay orgullo mayor que esos mil días liderados por el Compañero Presidente.
No somos víctimas ni del destino ni de la ira de un dios enloquecido.
La historia oficial, la mentira como razón de Estado nos presenta como a responsables de un crimen que, cada vez que intentan explicar, las palabras huyen de sus bocas pues no quieren ser parte del vocabulario de la vergüenza.
Si nuestro intento por hacer de Chile un país justo, feliz y digno nos hace culpables, entonces asumimos la culpa con orgullo.
La cárcel, la tortura, las desapariciones, el robo, el exilio, el no tener un país al que volver, el dolor, si todo eso era el precio a pagar por nuestro esfuerzo justiciero, entonces sépase que lo hemos pagado con el orgullo de los que no renunciaron a su dignidad, de los que resistieron en los interrogatorios, de los que murieron en el exilio, de los que regresaron a luchar contra la dictadura, de los que todavía sueñan y se organizan, de los que no participan de la farsa pseudo democrática de los administradores del legado de la dictadura.

Junto a Salvador Allende fuimos protagonistas de los mil días más plenos, bellos e intensos de la historia de Chile.
Sobre nosotros dejaron caer todo el horror, pero no consiguieron ni conseguirán borrar de nuestros corazones el Memorial de los Años más Felices.
Cuando en los momentos más duros de nuestros mil días, la provocación del fascismo, de la derecha, del imperialismo yanqui, hacía que la ira se instalara peligrosamente en nuestros ánimos, el Compañero Presidente nos aconsejaba: ?Vayan a sus casas, besen a sus mujeres, acaricien a sus hijos?.

Ahora, a treinta años de la gran traición, que la cercanía de los nuestros, que el recuerdo de los que nos faltan, y el orgullo de todo lo que hicimos sean los grandes convocantes de lo que debemos recordar.
Que las palabras Compañera y Compañero suenen como una caricia, y bebamos con orgullo el vino digno de las mujeres y los hombres que lo dieron todo, que lo dieron todo y pensaron que no era suficiente.

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